¿Qué es la libertad?

¿Qué es la libertad?

La libertad puede definirse como la capacidad que tenemos para elegir nuestra forma de actuar. Estrechamente ligado a este concepto está la responsabilidad, pues al elegir, somos los responsables de lo que decidimos y lo que hacemos. Frente al resto de seres vivos, que se guían, en gran medida, por instintos y por conductas innatas, el ser humano puede construir su vida, puede decidir su camino. Podemos decir, por tanto, que la libertad nos convierte en dueños de nuestro destino, pero, a la vez, responsables del mismo, tanto de su éxito como de su fracaso.

El filósofo Isaiah Berlin (1909-1997) considera que la libertad es, ante todo, un concepto político, pues tiene que ver con la convivencia y con el funcionamiento de la sociedad. En concreto, considera que tiene dos dimensiones:

Libertad negativa

Consiste en la ausencia de coacciones. Es la defensa de que cada persona debe poder actuar siguiendo [obedeciendo] lo que considere oportuno y de manera autónoma. Así, la libertad negativa es la ausencia de obstáculos u otros elementos que puedan limitar las acciones. En este sentido, los obstáculos pueden venir de individuos particulares o del Estado. Este último aspecto es el que tiene mayor calado en su conexión con los Derechos Humanos, pues suelen ser los gobiernos los que controlan, restringen y limitan la libertad de la ciudadanía, generalmente, por motivos políticos, culturales y religiosos. Así, dentro del desarrollo histórico de los Derechos Humanos, una de sus primeras formulaciones está ligada a la libertad del hombre en su relación con el Estado y con otras personas, en concreto, en la defensa de su libertad religiosa. Tras constantes guerras religiosas, empezó a cobrar fuerza, a finales del siglo XVII y en el siglo XVIII, la idea de que las creencias personales no pueden ser impuestas ni deben perseguirse y que, además, los Estados debían respetarlas, primer paso para lo que hoy en día definimos como secularización y laicidad del Estado.  

Libertad positiva

Esta libertad indica que toda persona debe tener la capacidad de ser dueño de su propia voluntad y de construir sus propias acciones y su destino. El concepto positivo de libertad significa [se refiere a la]  autonomía de criterio y posibilidad de autorrealización. Esta acepción del término se aplica a grupos o a individuos considerados (o no?) como miembros de dichos grupos.

No podemos entender estas dos dimensiones de la libertad desde la superioridad de una sobre otra, sino desde su complementariedad; en la creación de un equilibrio que ofrezca un ambiente apropiado tanto para el individuo como para el grupo, algo esencial en las modernas sociedades multiculturales.  Además, tal y como sostenía Berlin, a veces es necesario limitar ciertas libertades en algunos aspectos concretos para, en aras de un correcto funcionamiento democrático, promover la igualdad y la justicia de los más desfavorecidos.

También es interesante la dimensión que otorga a este concepto el filósofo Bertrand Russell (1872-1970), quien concibe la libertad como superación de los prejuicios y miedos que acompañan al ser humano. Así, estaríamos ante una libertad individual caracterizada por la emancipación interior del sujeto.

Autodeterminación moral del sujeto

Desde un punto de vista más radical o metafísico, la libertad es caracterizada por gran parte de los filósofos como la capacidad de autodeterminación moral del sujeto, esto es, por la facultad para establecer de modo racional, y libre de toda determinación natural o histórica, sus propios juicios de valor y normas de conducta. Sobra decir que esta noción “fuerte” de libertad es enormemente problemática, y que no son pocos los pensadores que tienden a negar su misma posibilidad, dada la consideración trascendente que obliga a asumir del propio ser humano. No obstante, es un tópico filosófico fiar a esta capacidad moral, y al libre albedrío que ella supone, la propia noción de “dignidad humana”.   

Determinismo e indeterminismo

Por último, es interesante diferenciar determinismo e indeterminismo. En la historia del pensamiento, aquellas teorías que han sostenido que el ser humano es libre se han denominado indeterminismos. Se conocerán como deterministas  las que, por el contrario, han negado esa posibilidad. Los determinismos suelen considerar que existen factores que determinan nuestras decisiones y que la sensación interna de “libertad” se debe a que desconocemos esas razones por su complejidad. Una posición intermedia bastante razonable es concebir el problema de la libertad en el contexto de condicionamientos que acotan nuestras posibilidades. Así, seríamos libres, pero dentro es necesario tener en cuenta factores que condicionan (aunque no determinan totalmente), nuestras elecciones. Esto es un problema más bien “teórico”, sin embargo, la buena teoría debe entretejerse con “lo práctico”.  Desde un punto de vista ético y teniendo en cuenta la perspectiva de los Derechos Humanos, nuestra atención debe dirigirse a esas situaciones en que las condiciones de vida de las personas y la dominación de unos seres humanos por otros acaban menoscabando las posibilidades reales de ser libres. La libertad sería una posibilidad que nos define y cuyo ejercicio, de alguna forma, nos realiza en cuanto humanos. Serían, por tanto, deshumanizantes las circunstancias en que se arrebata esa posibilidad o se la reduce de forma inaceptable. 

Esto último nos conduce a la reflexión sobre los límites de lo aceptable en relación con las restricciones. En efecto, como nos recordaba el filósofo Max Horkheimer, existe una delicada tensión entre libertad y justicia. A mayor libertad, existe la posibilidad de que los fuertes se impongan a los débiles, y la búsqueda de la justicia exigirá que se establezcan limitaciones. Precisamente, la búsqueda de la justicia incorporará precisamente que el ejercicio de la libertad de unos no conlleve la deshumanización de otros. Y en este problema, la historia nos enseña que las mayores tiranías han jugado a su antojo con estos conceptos para justificar lo absolutamente injustificable. A esto se suma la complejidad de las situaciones generadas por estructuras de injusticia en las que “nadie” parece responsable. En otras palabras, sabemos que los acontecimientos se suceden en un contexto injusto que permanece y que no parece el resultado de ninguna “acción” concreta de unos y otros, de este o de aquel. Esa complejidad provoca que se diluya la responsabilidad. Como podemos ver, estos conceptos dan mucho para pensar… Y mientras pensamos, está claro que no podemos quedarnos con los brazos cruzados esperando a que las circunstancias mejoren por sí mismas. Es por eso que, aunque no podamos alcanzar seguridades, se convierte en un imperativo el comprometernos con la dignidad y libertad humanas.

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Updated on 17 August 2021

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